
Esta semana hemos tocado un tema que nos ha hecho ver que actualmente estamos viviendo una crisis pero que no es la peor situación que hemos vivido en las últimas décadas, la Gran Depresión y la consecuente crisis de los años 30.
Es un hecho claro que se inició en Estados Unidos, tras una década de crecimiento económico, incremento del endeudamiento y especulación bursátil, con beneficios rápidos y fáciles. Habitualmente se señala como primer síntoma claro, o como detonante -dependiendo de interpretaciones-, de la Depresión el 24 de octubre de 1929 ("Jueves Negro''), con el desplome de la bolsa de Nueva York y la pérdida vertiginosa del valor de las acciones allí cotizadas, aunque la contracción de la economía había comenzado en el primer semestre de 1929. El desplome del precio de las acciones fue extraordinariamente intenso, alcanzando tintes dramáticos. Gran número de inversionistas vieron cómo su dinero, en muchos casos tomado a crédito, se volatilizaba en cuestión de días. El 'crash' bursátil motivó una reacción en cadena en el sistema financiero, con numerosos bancos que empezaron a tener problemas de solvencia y de liquidez al acentuarse la desconfianza en su capacidad de reembolsar a los depositantes.
Si comparamos la crisis económica del 1930 con la crisis actual vemos que hay un factor que determina la gran diferencia entre ambas, la globalización. Hoy en día debido al mundo interrelacionado en el que nos encontramos, un error causado en una punta del planeta puede llegar a tener consecuencias en su antípoda. Las empresas se extienden alrededor del planeta manteniendo relaciones y flujos de información de gran intensidad. Por ejemplo, resulta fácil ser partícipe del capital de una empresa americana desde el salón de nuestra casa en Barcelona. Por este motivo, una crisis en esta situación se extiende a mucha más velocidad que hace 80 años. Las empresas sin querer se contagian las deudas y los problemas de liquidez y así se genera una bola de incertidumbre financiera cada vez más grande. Además, debido a la extensísima red de comunicaciones que nos permite estar a todos perfectamente informados de las situaciones a nivel mundial resulta dinamita para fomentar la acentuación de la preocupación y el miedo.
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